Caminatas en la oscuridad


Ya en diciembre y no temina de ponerse frío del todo. Unos agradables 16º se mantienen estos días y al atardecer, o ya en la noche, apenas baja unos pocos grados. Mi situación laboral y estudiantil actual no me permite hacer mucho deporte por lo que mi actividad física se reduce a lo que pueda hacer en casa y salir a caminar o correr con el frontal puesto ya que termino la jornada en plena noche cerrada. No es que me moleste la oscuridad, ni mucho menos, quizá mas bien al contrario.

Recorrer los espacios silvestres a escasos kilómetros de casa en la oscuridad es toda una sensación. La mezcla de silencio, bienestar y miedo se van turnando a cada paso. Resulta un espacio y un tiempo perfecto para meditar, reflexionar sobre temas que se consideren de calado en la vida de uno mismo incluso los superficiales, siendo estos desechados por el camino. Ese momento en el que das vueltas a pensamientos que, cuyo valor es cuestionable y bastante negativos, y de pronto escuchas un ruido no reconocible a un costado, ese momento es maravilloso.

Tan pronto como el cerebro entra en alerta, él mismo se vuelve consciente de la relativa importancia de aquello que llevas días girando y rebotando entre neuronas. Se vuelve nimio, insulso e innecesario. ¿Será conveniente una exposición al miedo de vez en cuando y así tomar distancia para relativizar las falsas realidades que creamos en nuestros días? Si, pero no creo que sea la mejor de las herramientas, o la más adecuada dependiendo de qué circunstancias. 

Lo cierto es que cuando me expongo a entornos, mas o menos naturales, nocturnos me cuesta describir lo que siento. Ese amasijo del que hablaba líneas arriba se intensifica si me quedo quieto, mirando a la profundidad oscura, sintiendo como la sangre fluye descontrolada por mi piel erizándola, mis músculos se tensan ligeramente dispuestos a dar todo de sí y la adrenalina se libera en pequeños espasmos que van y vienen. Si consigo mantenerme inmóvil, bastarán unos segundos para que los sonidos, los olores y las siluetas que la escasa luz ambiental, o la que mi frontal iluminan, se revelen interesantes. En ese punto, mi cerebro alerta comienza a relajarse, saliendo del modo supervivencia para entrar en el de aprendizaje.

Donde antes reinaba la tensión ahora lo hace la curiosidad. Centro mi atención en los sonidos y descubro un pájaro incómodo, desplazándose sobre su rama a varios metros sobre mi cabeza, es probable que no le guste mucho mi presencia. A lo lejos, un perro ladra y el sonido es amortiguado por la masa forestal que nos separa. Está más cerca de lo que aparenta. Alguna lechuza cruza en absoluto silencio mientras la ilumino con el frontal para disfrutar su presencia.

El olor a humedad verde del musgo, a barro cargado de hierro y materia vegetal en descomposición de la tierra negra que almacena agua de lluvia de días anteriores. A ratos, olor a caballo, otros a perro, otros a bravo… Aquí comienzo a dudar de mis sentidos cuando noto que se activa de nuevo la sangre en mi piel. Pienso en un jabalí y su olor acude a mi mente y me pone en alerta. No quiero enfrentarme a ese bicho, saldría perdiendo sin duda alguna. Tampoco puedo correr sin sentido, podría lesionarme. Decido entonces caminar despacio, tranquilo, alerta con todos mis sentidos y subiendo al máximo la intensidad de mi frontal. Los pasos son tensos pese a la lentitud con la que me obligo a ir. Pienso que, si hay un jabalí, mi actitud despreocupada evitaría su ataque pues no supondría una amenaza para el. Poco a poco voy avanzando mientras siento los latidos de mi corazón en las sienes. Veo las bocanadas de vaho que salen de mi boca y comprendo que mi estado de alerta avanzó a su ritmo sin percatarme de ello. Intento regular la respiración y, tras varias profundas consigo someterla, no sin la presión de los pulmones queriendo más. 

Sigo forzando la respiración hasta que, varios metros más adelante desde que iniciaría esa lenta huida, de repente me doy cuenta que toda esa tensión es innecesaria, que ni huele a jabalí ni hay peligro ninguno. No me quiero imaginar el ridículo más espantoso que estaba haciendo en ese momento. Supongo que el pájaro no se sentía incómodo, estaba luchando por no caerse de la risa de ver a un humano, en la noche, sufrir innecesariamente. 

Junto con el bajón post-adrenalínico llegó la risa. Comencé a reírme de mi mismo, mi cuerpo se relajó y a partir de entonces proseguí mi paseo con absoluta tranquilidad. Disfruté de los silencios, de la especial calma de la noche en la que casi todo duerme. Vi los rápidos movimientos de los murciélagos que pasaban cerca mientras mi frontal atraía insectos. Volví a escuchar el ladrido del perro, esta vez un poco más cerca ya que estaba saliendo a una zona más despejada. 

Las estrellas se manifestaban vivas en un cielo despejado, como cuando era niño y la contaminación lumínica no era tan grande como ahora. Paré en la esplanada de piedras tratando de encontrar alguna de las pocas estrellas que sé identificar. Vi lo que parecía Marte, ese puntito de característico rojo en la lejanía y vi otros brillantes cuya luminosidad atrajo mi atención. No recordaba esa intensidad por lo que, saqué el móvil y con la app de turno para identificar estrellas apunté hacia aquella. Resultó ser Júpiter. Me alegré de haberlo visto, me sentí feliz por poder disfrutar de momentos y espectáculos que en la habitualidad no veo. 

El resto del camino a casa mis ojos estaban más atentos al cielo que al suelo. En varias ocasiones me detuve de nuevo con la app y en una de las paradas a identificar luminarias, y como un regalo, de pronto viene corriendo hacia mí una nutria recién salida del rio. Me quedé tan impactado que no sé ni cómo pude reaccionar y ponerme a grabarla con el móvil. Mis movimientos fueron lo más lentos que pude, pero el bicho no se sintió muy cómodo y comenzó a acelerar sus pasos sin encontrar una dirección clara que seguir. Unos segundos más tarde volvió por donde vino. ¡Un regalo! En 39 años no había visto una nutria en ese rio, síntoma de la mejora de calidad de sus aguas. En ese momento fui consciente del bienestar que aporta el entorno y sentí placer al formar parte de él. Aquella noche, me acosté y me quedé dormido al poco, acompañado de una felicidad de esas que arropan y mecen.  

Es muy triste limitar las experiencias en la noche a una mala borrachera y cuatro lengüetazos con cualquier desconocido en un antro sin ventilación. Quien vive en el rural, en el entorno periurbano o tiene fácil acceso al mismo sin necesidad de desplazarse mucho, es poseedor/a de una suerte infinita. Es imposible no pensar en que nos pudiera pasar algo, que nos podríamos cruzar con cualquier animal, agresores… ¡espíritus o extraterrestres! El origen de esos miedos habría que buscarlo en las series, películas, sucesos… también aquellos que absorbemos por transmisión directa en nuestros hogares, de nuestros padres y entorno directo.

Con el hábito, todo miedo desaparece, la normalidad impera y el disfrute es intenso. Tres o cuatro caminatas nocturnas y los miedos desaparecen ocupando su lugar nuevas experiencias, sensaciones y disfrutes nacientes de prestar atención al entorno natural.

Los animales, en muchos casos, son más propensos a huir que atacar (salvo determinadas circunstancias) y siempre es más peligrosa una persona que cualquier otro elemento. Son menos recomendables determinados barrios a según que horas. Piénsalo. 


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