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Es mejor no saber lo que comemos

Es mejor no saber lo que comemos

¿Somos realmente conscientes de lo que comemos y su origen?

Hace unos días lancé esta pregunta en Instagram y las respuestas no me sorprendieron.  La gran mayoría contestó que “no”, pero una de las respuestas llamó especialmente mi atención: “Y, a veces, mejor no saberlo”. Aquí está el punto crítico.

“Si fuésemos conscientes de los alimentos que consumimos dejaríamos de comer” y con este argumento seguimos cerrándonos a una mejor alimentación y, por tanto, salud.

Como consumidor y como cocinero, me preocupan los diferentes alimentos que compramos y consumimos en casa y fuera de ella. No solo pensando en la calidad de estos, sino también en el origen, procesado y distribución. Es por esto por lo que, desde hace muchos años, procuro informarme de como son y donde vienen los productos que compro. Busco la excelencia en los alimentos que consumo, pero siempre dentro de unos límites económicos razonables. No es necesario empeñar las joyas de la abuela para alimentarse bien. Lo que hay que hacer es huir de determinados productos.

La preocupación por la alimentación saludable se ha vuelto en contra de la propia finalidad de esta: alimentarnos. Una gran parte de la población se deja guiar por el marketing del miedo, basado en el desconocimiento del consumidor y por la legión de entendidos en nutrición y modelos de alimentación que abundan tanto en internet como en los bares.

Si lo que buscas es gente sensata y profesional te invito a que conozcas (si no lo has hecho ya) a Carlos Ríos (a este lo descubrí hace poco gracias a mi amiga Ana)  y a Juan Luís Adame, dos nutricionistas que merece la pena seguirles la pista.

¿Dónde surge la duda?

Te pongo en antecedentes. Crecí rodeado de animales y cultivos, destinados ambos para consumo familiar. Vamos, que soy rural hasta las pestañas. He tenido la gran suerte de crecer disfrutando de sabores reales: tomates con sabor a tomate, leche de verdad (y no esa aguachirri que consumimos envasado en cartón) ¡Y sus natas! con las que mi madre elaboraba grandes bizcochos cuya esperanza de vida no pasaba del desayuno.

El problema surge cuando comienzo a trabajar y me independizo y, por necesidades obvias, comienzo a consumir productos mediocres o malos, productos de consumo normales y corrientes que encontramos en cualquier supermercado. Ahí es cuando descubrí el valor de la calidad de un alimento.

Cuando comienzas a plantearte el por qué de estas diferencias te fijas más, preguntas más, lees más y conoces más, resultando que el 90% de lo que descubres es, por decirlo suave, desagradable.

Los huevos de fábrica

Cuando era un crío de seis años, unos familiares vinieron a casa de visita y, como es costumbre, mis padres prepararon varias bolsas con diferentes productos: fruta, verduras, carne y huevos.

Lo que viene siendo el gen de abuela que nos sale a todos con el “¿No quieres más? ¡Come un poco más hombre! Espera que vas a llevar esto y aquello, y lo otro y lo de más allá.”

Pues bien, la hija de aquellos, que rondaría los 14 años, al abrir una de las bolsas y ver los huevos dijo a su madre rozando el sollozo: “No quiero estos huevos ¡Yo quiero huevos de fábrica!”. Lo triste es que existe aún quien piensa que los huevos efectivamente se elaboran en una fábrica, la carne nace envasada y las morcillas son un producto que se imprime en 3D. El completo desarraigo existente entre productor y consumidor lleva a este tipo de pensamientos psicotrópicos. Curiosamente hablaba de esto mismo no hace muchos días con Ana, de SenyFoto , quien está preparando un artículo al respecto y el cual espero con ansia.

Obviando la tontería de la niña, al echar la vista atrás es fácil darse cuenta de lo que ha cambiado la percepción de la gente respecto a los productos de campo, tradicionales, caseros o como quieran llamarse.

Hace no tantos años seguía pensándose que estos productos eran inferiores a los comprados en grandes superficies. Ese pensamiento casi estaba en paralelo al de “eso es de pobres”. Y sin embargo hoy día matamos por huevos de casa, por miel de verdad, etc pero solo damos valor a aquellos productos que, por su estética, se le permite llegar a ese estatus.

Me explico, agradecemos unos huevos caseros por que su forma es definida y clara, sin roturas ni fealdades, pero no aceptamos lo mismo cuando una manzana, naranja o pera muestra alguna deformidad o mancha. Nos mantenemos en ese punto estético en el que la fealdad no es buena. Tenemos que cambiar esa percepción claro, no todo lo bonito es mejor.

Tener el conocimiento es tener el poder.

¿De verdad estamos tan separados de la realidad de nuestros alimentos? La respuesta es muy triste: “si”.

“Es que, si supiéramos de donde vienen las cosas o como se hace la comida no comeríamos nada”. Cierto, y quizá sea lo que necesitamos, no para dejar de comer y volvernos todos delgadísimos, sino para aprender a consumir conscientemente.

Si conocemos el origen de nuestros alimentos escogeremos aquellos que consideremos mejores en función de su cultivo o crianza, su origen, etc e incluso basándonos en nuestros principios y valores. Valores que no hemos alcanzado a desarrollar o, lo que es peor, que hemos perdido.

Existe un movimiento nacido en 1980 en Italia, hoy día mundialmente conocido y seguido, el de Slow Food. Su filosofía es clara:

“Slow Food aspira a un mundo en el que todos podamos acceder y disfrutar de una comida buena para nosotros, para quienes la producen y para el planeta.

Nos oponemos a la estandarización del gusto y de la cultura y al poder ilimitado de las multinacionales de la industria alimentaria y la agricultura industrial.

Nuestra labor se basa en una noción de calidad de los alimentos definida por tres principios interrelacionados: buenos, limpios y justos.

BUENO: alimentación sabrosa y fresca de temporada que satisfaga los sentidos y forme parte de la cultura local.

LIMPIO: producción y consumo de alimentos que no perjudiquen el medio ambiente, el bienestar animal o la salud humana.

JUSTO: precios accesibles para los consumidores y justas retribuciones para los productores.”

El back Stage

Como decía antes, tenemos la imagen higienizada e idealizada del cartón de leche en la que vemos una vaca pastando. O la etiqueta de la bolsa de patatas en la que se ve a un señor mayor con una fesoria (azada) trabajando la tierra y a su nieto mirando desde cerca.

Se ve todo taaaan bonito.

En el caso de las patatas nos venden indirectamente que son cultivadas de manera tradicional, lo que obvian es los herbicidas, sulfitos y demás químicos. En el caso de la leche que la vaquita pasta libremente por el campo y, si le apetece, se le cata y se envasa la leche. Todo muy natural, como esas naranjas brillantes, redonditas sin manchas y envueltas en plástico hasta rozar el absurdo. ¿Qué pasa que los árboles? ¿No producen fruta fea? ¡Ah no! Que se imprimen como la morcilla…

Como estos muchísimos más ejemplos que seguro conoces, o como poco, te haces una idea.

Para ilustrar esto que te cuento, te invito que veas varios documentales.

El primero de ellos es el archiconocido FOOD INC de Eric Schlosser y Michael Pollan. En él tratan el problema de la superproducción de alimentos y cómo esto afecta a la salud humana, bienestar animal y los problemas ambientales que genera.

El segundo, y más actual que el anterior, es uno de los programas de Jordi Évole, concretamente el capítulo 9 de la temporada 13, titulado Stranger pigs donde se aborda la realidad de la producción cárnica en España.

Por último, pero este más sensacionalista, el programa Teleobjetivo de TVE, quien dedicó uno de sus capítulos a la alimentación titulándolo “¿Sabemos lo que comemos?”.

Antes de ponerte a ver cualquiera de estos programas cambia el chip y sé crítico con lo que vas a ver. No te quedes en el amarillismo y llega al fondo del problema.

“Vivimos de la muerte de otros, somos como cementerios andantes. Llegará el momento en que el hombre verá el asesinato de los animales como ahora ve el asesinato de los hombres.”

Leonardo da Vinci

Con estos documentales, sobre todo los dos primeros, no pretendo que te vuelvas tan extremista como da Vinci, solo que seas conocedor de la realidad del sistema alimentario que mantenemos y la necesidad de cambiarlo hacia procesos mas respetuosos con animales, plantas y seres humanos. Podemos disfrutar de buena carne sin necesidad de hormonas, antibióticos y hacinamientos. Entre las muchas mejoras que se están llevando a cabo en Europa a este respecto, encontramos pequeños pasos hacia una mejoría del bienestar animal como en Francia, país que ha puesto fecha límite en el 2022 para la venta de huevos puestos por gallinas enjauladas.

Debemos buscar productores donde tengamos la certeza, mediante los correspondientes controles, de que realmente hacen las cosas bien. Para ello, en el caso de la agricultura ecológica, existen organismos certificadores, públicos y privados, que velan por el cumplimiento de la normativa vigente y las mejoras que esta va llevando a cabo dentro del marco europeo. Hay que prestar atención a los sellos y distintivos que nos aseguren su origen y calidad pues de lo contrario podemos caer en las trampas del marketing guerrillero de los grandes de la alimentación. Si quieres conocer más sobre el etiquetado europeo de productos ecológicos visita la web de la Unión Europea.

Perdidos con la compra

Partiendo de la base de que los alimentos ultraprocesados son una soberana mierda, en ocasiones nos dejamos llevar por etiquetas como “Sin aditivos”, “Sin E artificales” y un larguísimo etcétera. Como es normal, tenemos que aprender a identificar y rechazar una amplia lista de productos (que no marcas comerciales) innecesarios o perjudiciales.

Como yo no soy científico y me ha gustado mucho como lo expone, te invito a que veas una conferencia impartida por José Manuel López Nicolás, investigador y divulgador de la Universidad Murcia, la cual puedes ver íntegra en este enlace, también he de decir que no estoy de acuerdo al 100% con todo lo que dice pero él es el científico, no yo.

Aprovecho también para indicarte que, el Libro blanco de la Nutrición en España, que menciona al comienzo de su conferencia puedes descargarlo aquí.

Ahora que conoces todo esto seguro que estás pensando “Buf, si me tengo que fijar de donde viene, como se cría, que se le añade, como se procesa, con que se envasa y como me lo venden necesito tres días para hacer la compra semanal”

Tampoco es eso. Solo tienes que ser consciente de lo que hay y a partir de ahí decidir.

La disponibilidad de los productos

Soy muy partidario del producto ecológico, no solo por sus cualidades organolépticas, sino también por que los considero más saludables. Te invito a que busques en tu localidad diferentes grupos de consumo y productores a los que comprar directamente.

¿Y por que ecológicos? Por dos razones, la primera que, en su mayoría, son productos locales por lo que beneficias al productor local y fomentas la creación de empresas, y segundo por que la temporalidad de los alimentos hay que respetarla y disfrutar de los mismos cuando estos se encuentran en su punto óptimo, no refrigerados durante meses. Existe una web a la que acudo con regularidad por su simpleza y seriedad https://soydetemporada.es/.

Otros enlaces de interés

También quiero facilitarte una serie de enlaces a webs de organismos oficiales, ong o fundaciones muy interesantes.

http://www.efsa.europa.eu/

http://www.fao.org/home/es/

http://www.fen.org.es/index.php

https://www.mapa.gob.es/es/

https://www.facua.org/

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